Coti - Mejor Tarde que Nunca

Vida amigable con el medio ambiente

Vida amigable con el medio ambiente

Hace muchos años, el filósofo Platón describía lo que hoy conoceríamos como la “alegoría de la caverna”. En esta, el describe un espacio cavernoso en el que se encuentran hombres prisioneros desde su nacimiento, de manera que solo pueden mirar hacia la pared del fondo de la caverna. Justo detrás de ellos, se encuentra un muro con un pasillo, una hoguera y la entrada de la cueva que da al exterior. Por el pasillo, circulan hombres con muchos objetos cuyas sombras se proyectan en la pared que ven los hombres atados. Esta es su única realidad por lo que consideran como “verdad” las sobras de los objetos. Si uno de estos hombres fuese liberado y obligado a ir hacia la luz, contemplaría una realidad más profunda y completa y tendría que asumir esta nueva situación, seguido de muchas nuevas situaciones con las que se enfrentaría en la vida exterior.

Así me sentía yo hasta hace siete años, como los hombres de la caverna. Hasta mis 20 años, yo asumía que lo que me habían enseñado hasta ese momento era “la verdad”. Que la comida venía del supermercado, que nuestros desechos denominados “basura”, se iban en una bolsa negra anudada, hacia un lugar muy lejano y se acababa el problema. Desde chica se me enseñó que las cosas que hacíamos tenían una razón de ser y, por tanto, no teníamos por qué cambiar. Sin embargo, así como los hombres de la caverna o como Truman, de Truman show, siempre fui buena para cuestionarme toda mi existencia.

Las preguntas comenzaron a surgir desde que tengo memoria … “¿Mamá por qué esto? ¿Mamá, por qué aquello?” Siempre fui buena para preguntar el por qué de las cosas y, desde pequeña, sentí mucha compasión por quienes eran más vulnerables: abuelitos, niños, pobres y animales. No entendía por qué algunos teníamos más “suerte” que otros. No obstante, aún no me cuestionaba mi alimentación o mis hábitos de vida. Quizás, cuando más pequeña y adolescente, me cuestionaba más ámbitos sociales, como las modas, los carretes, las apariencias, entre otras cosas.

No fue hasta que entré a la Universidad que comencé a cuestionarme mis hábitos de vida, en particular, mi alimentación. Antes de estudiar Ingeniería, me metí a bioquímica donde tenía amigos de todo tipo, entre ellos, vegetarianos y activistas por los animales. Gracias a ellos y a algunos videos que circulaban por ahí, me empecé a cuestionar mi consumo de carne. Yo amaba muchísimo a los animales, pero jamás había pensado en el daño que mi alimentación les estaba causando.

A los 20 años decidí dejar la carne y eso comenzó a ser mi camino hacia una vida más consciente y responsable con el medio ambiente y los seres que lo habitan. Primero probé siendo vegetariana, lo cual fue el cambio más difícil, yo amaba la carne. Me costó mucho probar nuevos sabores, pero mientras más avanzaba, más me convencía de que lo que hacía era correcto. Luego, después de unos meses, me di cuenta de que lo que debía ser, era ser vegana y acabar con la explotación animal en todos mis consumos. Eso significaría dejar de consumir animales en todos los aspectos de mi vida: comida, ropa, cosméticos y cosas que fui aprendiendo que no eran veganas, en el camino.

Al principio fue realmente salir de la caverna. Todo lo que yo creía como “verdad” se estaba desmoronando y, con ello, también vinieron muchas confrontaciones con amistades y familiares que no entendían mi punto de vista. El primer año fue el más difícil ya que tuve que adaptarme, llevar mi propia comida a eventos y volverme una casi “chef”. Volví a vivir con mis papás (ellos son del sur y se fueron a vivir a Santiago donde yo estudiaba), lo cual significó tener que planificar mis comidas. Además, para mí el tema del veganismo era algo muy ético, por lo que trataba de entregar este mensaje a quien más pudiera.

Al año, estudiando mucho sobre veganismo, me di cuenta del impacto que tenía la industria ganadera en el planeta y decidí estudiar Ingeniería Ambiental para poder visibilizar esta información. Además, quería aprender todo lo posible sobre el impacto de nuestros estilos de vida en el planeta.

Ingeniería ambiental me abrió muchas puertas y sumó muchos desafíos a mi vida ya que me mostró el impacto que estaba teniendo el “desarrollo” humano en el planeta. También, el 2017, el año con más cambios en mi vida yo creo, empecé a pololear y, al mismo tiempo, me metí a una organización llamada Cverde. Mi pololo es una persona muy consciente en muchos aspectos y me mostró cosas que yo no conocía, en especial, sobre espiritualidad. Me ayudó mucho a conectar con la naturaleza y con los seres que lo habitan. Por su parte, Cverde, una organización que promueve y práctica la sustentabilidad, me enseñó sobre los impactos que tenían otros hábitos de mi vida cotidiana en el planeta. Aprendí de reciclaje, de moda sustentable y de compostaje. Ese año también, tomé el curso Introducción a la sustentabilidad, donde conocí en una charla a Macarena Guajardo, de Fundación basura, quien mencionó el concepto “basura cero”. Este concepto resonó en mí hasta el día de hoy, como algo mucho más que una frase… un estilo de vida.

Con el tiempo, no me bastó solamente con llevar una vida más amigable con el planeta, sino que también, el 2019 decidí que quería transmitir mis aprendizajes a otras personas. Además, fui viendo cómo mi estilo de vida ya no era como el primer año lleno de confrontaciones. Muchos amigos y familiares se fueron contagiando de este estilo y fueron incorporando muchos de estos hábitos a su día a día. Por ello, quise motivar a más personas y a decirles que no estaban solas en este proceso. Y, por sobre todo, que nunca era tarde para empezar. Así, cree mejor tarde que nunca.

Hoy, llevo esta iniciativa con mucho orgullo y felicidad. Vivo con mi pololo, con quien llevamos una vida sencilla y amigable con el medio ambiente. Compramos nuestra comida a granel, hacemos compostaje con nuestros residuos orgánicos y tratamos de consumir la menor cantidad de desechables no gestionables. Ambos somos veganos y utilizamos productos de cosmética que son amigables, tanto para el planeta, como para nuestra salud. Con mejor tarde que nunca, me he dado cuenta de que nuestras acciones valen mucho y que, aunque a veces nos frustremos, ¡no estamos solos! Con contagiar a una persona, eso ya hace que todo nuestro trabajo valga la pena.

Coti
Instagram @mejor.tarde.que.nunca
Correo electrónico: cicelis@uc.cl